Los nombres y las estrellas en Wachirpas

Ellos en un lado de la noche, nosotros en el otro.
Con el fuego en el medio, la conversación nos abriga a todos. En la obscuridad, bajo un cielo estrellado y selvático, casi no nos vemos; pero, nos sentimos hermanados. Tiyua Uyunkar, Manait, Jiyu, el abuelo Sumpa, don Guido Etsaa... hombres, mujeres, ancianos, multitud de niños y nosotros. Apenas nos podemos ver y solo reconocemos algunos rasgos fugazmente iluminados por la luz titilante del fuego. Fragmentos de caras, de manos, pies descalzos, ojos que aparecen y desaparecen, colores, sonrisas, todo va y viene de la luz a la sombra, de la sombra a la luz, al ritmo cautivante del fuego.
Sentí que esa noche mágica lo condensaba todo, era como una gran metáfora de nuestra breve estadía en Wachirpas: solo alcanzábamos a ver pequeños fragmentos dispersos, coloridos e intrigantes detalles de universos desconocidos, destinos ignorados, sombras, trozos titilantes de vidas ajenas cuyos secretos y aromas solo nos habían rozado levemente, corazones que palpitaban, miradas que venían desde muy atrás, desde lo profundo del bosque y los siglos; pero, todo lo demás se perdía en la obscuridad, en lo desconocido. Apenas si los veíamos… apenas si los conocimos… apenas fueron unos pocos días. Tal vez nunca más nos volvamos a ver, pero las estrellas y las constelaciones brillaban maravillosas en el cielo, el calendario se había detenido, nuestros universos se encontraban por el tiempo que dura una estrella fugaz y todos éramos parte del cosmos.
La noche nos acogía, la luz del fuego titilaba y abrigaba. El río Pastaza y su antigua melodía... la selva acompañaba poderosa e invisible. Qué bonito y agradable se estaba allí. Nos contaron leyendas, nos reímos juntos y nos pusieron nombres achuar; cada uno con su propio significado y simbolismo. El mío me gustó. Me pareció que tenía sentido, que poseía verdad y belleza. No lo anoté. Era un bonito nombre el mío, pero simplemente se fue hacia el cielo con el fuego y las chispas livianas; se mezcló con las estrellas y se quedó allí esa noche junto a todas esas vidas amables y desconocidas. No sé por qué no lo anoté; ahora, ya lo he olvidado. Tendré que volver algún día al bosque, a la tranquilidad del río y a la calidez de Wachirpas para volver a encontrar mi nombre.
Del libro “El Río de las Palabras”
